El diamante

Extraño fenómeno aquel en donde el animal desconfiado de los seres se acerca con cautela, es arisco, malvado en ocasiones, reacio a mostrar su afecto. Así el ser que lo quiere domesticar con frecuencia se prende más y más de ese amor complejo, difícil y lleno de sinsabores, como si el ganar el afecto de aquel animal fuese razón suficiente para colgarse una condecoración en el cuello. 

Así se reviste de halagos, delicadezas, detalles, atenciones con dicho animal. Las nimiedades lo deslumbran, los desdenes le alimentan, los desplantes entre más groseros más le enamoran. Pareciera que se vive más del desamor que del mismo amor.

Mientras este juego de poder se desenvuelve, los dos pierden. Uno su autonomía y el otro su interés, no así su deseo de prolongar ese estúpido juego hasta el final. Cuando nada, ni nadie queda con algo.

Cuando por fin el animal cede a los deseos, el amor, la protección, la sublevación al otro y comienza a ser quien nunca fue, entonces es como si alguien encendiera las luces en la noche de un solo golpe. Él pierde de pronto todo su interés, se le esfuma. Ha conseguido la dominación de aquel, lo demás le dá exactamente lo mismo tenerlo o no, él buscará otro animal para domesticar, pues esta prueba a superado.

Así el animal queda desahuciado, porque ahora no es de él, ni de aquel. Nada de sí queda ya. Así se vuelve fiero, indomable, reacio, malvado.

 Y con esto fija su sentencia de muerte, pues esto es lo que lo hace brillar como oro puro a los ojos de los otros que desean dominar. El ciclo sin fin. Algunos ven diamantes donde otros forjaron fuego y carbón.



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